El perro Molina de José Celestino

Por Nico Feldmann























Dirección: José Celestino
Guión: José Celestino
88 min - Color - Drama - Policial


29º MDQ FEST: Crítica de El Perro Molina (2014) 

En el marco del 29º Festival Internacional de Cine de Mar del Plata, tres películas argentinas compitieron en la sección de Competencia Internacional: Jauja de Lisandro Alonso, La Vida de Alguien de Ezequiel Acuña, y El perro Molina de José Celestino Campusano que aquí comentamos. 

Cuando el árbol tapa el bosque

Campusano regresa al cine que tanto lo representa y le gusta hacer. Ese que intenta mostrarnos el costado oculto de los bajos fondos del conurbano con toda su fauna y situaciones características. Desde el principio se nota que “El Perro Molina” vendría a ser una propuesta mucho más ambiciosa y a su vez más tradicional si la comparamos con películas anteriores suyas como “Vikingo” o “Fango”. Pero en eso se queda, en un intento.

Totalmente bastardeada por actuaciones de cartón, diálogos sobreescritos y una historia digna de las telenovelas brasileñas, cuesta entender cómo se pudo incluir esta película en la competencia internacional del festival de Mar del Plata a la par de largometrajes de primer nivel.
Comencemos con la historia. Antonio “el perro” Molina (Daniel Quaranta) es uno de esos asesinos a sueldo con códigos. Un viejo lobo de mar cansado de realizar el trabajo sucio de otros dispuesto retirarse al ver que los pibes de hoy no tienen la misma lealtad que él tanto defiende. Y como último trabajo decide asociarse con Ramón (Damián Avila), novato dentro del mundo criminal y aprendiz de Molina.

Paralelamente a esto se nos cuenta la historia de Natalia (Florencia Bobadilla), esposa y víctima del corrupto comisario de la zona (Ricardo Garino), que tras descubrir por enésima vez que su marido la engaña decide vengarse de la manera más inteligente que se le podía ocurrir, se hace prostituta.

Ya con el orgullo tocado, el policía decide llamar a Molina para que se haga cargo de un tal “Calavera” (Carlos Vuletich), el dueño del prostíbulo al que fue a parar su ex esposa, sin saber que este es uno de los pocos amigos que le quedan al protagonista dentro de su vida de forajido.
Después de esto el argumento se convierte en un enredo con triángulos amorosos, tiroteos absurdos y discursos solemnes que no llevan a ningún lado. Aunque probablemente este no sea su peor problema.

Como adelanté al principio son sus paupérrimas actuaciones las que hacen que todo este relato pierda la intensidad que Campusano seguramente tenía en mente. Porque si bien se nota que la película es bastante prolija a nivel técnico, es el pobre desempeño actoral lo que genera una total sensación de incredulidad en todo el relato. Desde los diálogos claramente artificiales y esa maldita necesidad de a veces hacer hablar a los personajes en neutro (un ejemplo claro es escuchar diálogos tan poco naturales en el conurbano como “espérame que yo te avisaré”) hasta la forma casi declamada incluso para pedir un mate.

Esto da la sensación que a pesar de las limitaciones de un elenco a simple vista falto de experiencia, estas falencias tienen más que ver con una mala dirección de actores. Pero sucede que el mismo Campusano es el que sostiene según sus propias palabras que prefiere “que los cuerpos digan su verdad y no que la técnica diga sus mentiras”, dando a entender que este estilo de interpretación es casi a pedido.

No es por ponerme purista (y es que claramente no existe una única verdad en el cine) pero me inclino por pensar que una mala actuación de ninguna manera tendría que ser tomada como una decisión estética (para la sobreactuación está la sátira o la parodia). Y mucho menos si lo que se quiere contar es un drama. Porque lamentablemente si la idea del director no fuera retratar de forma dura y cruel la marginalidad, la corrupción policial y la falta de lealtad en un mundo violento, estas interpretaciones hasta podrían causar gracia.

Y todo esto queda en evidencia si vemos películas recientes del neorrealismo argentino como “Mauro” de Hernán Rosselli que demuestran que ningún método actoral “fingido” puede arruinar la experiencia de mostrar al conurbano y sus antihéroes al natural, tal cual nos los imaginamos.

Por eso es que “El Perro Molina” deja un sabor amargo al ver que una idea con mucho potencial junto a la disponibilidad de locaciones perfectas para plasmarla, se traduzca en una película que nos representa con tanta disparidad a nivel internacional. Será este un llamado de atención para Campusano a la hora de elegir el elenco para su próximo proyecto y que esto no contamine su ya visceral forma de ver el cine.
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