El combate de los pozos


El combate de los pozos / Dramaturgia y dirección: Andrea Garrote / Intérpretes: Pablo Bronstein, Gastón Filgueira, Juan Fiori, Mercedes Najman, Jenny Sztamfater y Marinha Villalobos / Música: Federico Marquestó / Coreografía: Manuel Attwell / Luces: Matías Sendón / Escenografía: Santiago Badillo / Vestuario: Romina Cariola / Asistencia de dirección: Manuel Iglesia / Sala: Beckett Teatro, Guardia Vieja 3556 / Funciones: viernes, a las 21 / Duración: 70 minutos / Nuestra opinión: muy buena. "Rara, como encendida." Definitivamente es rara y está encendida. La obra de Andrea Garrote necesita un tiempo (no demasiado extenso) de adaptación del espectador. Hay que entender qué pasa en ese espacio prácticamente vacío, con un grupo de personas que se vislumbra importante, pero que podría no serlo. Al poco de andar, se sabe que es el Congreso de la Nación y que está donde está, en la manzana que enmarcan Rivadavia, Hipólito Yrigoyen, Entre Ríos y Combate de los Pozos. Eso ya da un respiro, porque el decir de estos seres es difuso, oscuro y hasta un poco delirado. El delirio continúa, pero por lo menos ya sabemos por dónde. Se trata de una diputada, su grupo de asesores, un ex legislador caído en desgracia y otra diputada (de bloque opositor) que se quedó sola y se les pega en busca de cobijo (no es cualquier diputada; es la actual del ex de la primera; diputado también el hombre). Algo sucedió sin que ellos lo advirtieran y estos personajes quedaron encerrados y solos dentro del Congreso. El edificio está rodeado por una masa enorme de personas (que va creciendo) que se manifiesta en silencio. Ni una pancarta, ni un eslogan, ni nadie haciéndose cargo de la protesta. Pero el silencio intimida y este grupo de trabajadores legislativos -que, en contraposición, no para de hablar teme por su seguridad, por su futuro y por cosas más banales como qué van a comer. Con apenas unas escaleras en el centro de la escena, el grupo recorre pasillos, despachos, sube y baja de ascensores tratando de encontrar una salida. Una salida que podría ser metafórica, pero que tampoco aparece. Bien podría ser un cómic. Cambia la escena. Y esos mismos actores con apenas una pequeña modificación en el vestuario se transforman en un grupo de estudio sobre filosofía y política que -no muy lejos del Congreso- acaba de editar el primer número de una revista con la que no está del todo satisfecho. Las escaleras de antes son las sillas de ahora y la acción cambia. Antes, todo era movimiento, desplazamiento, pero se trataba de vueltas en redondo sin avance aparente. Ahora, el movimiento es casi nulo, pero se empecinan en buscar una salida a eso que los traba. También tienen hambre, pero hasta se les complica juntar la plata para pagar las empanadas del delivery. Lo banal también los deja al descubierto. Dos realidades que podrían ser copias contrastadas una de la otra. Y los son. Garrote construyó dos historias paralelas que se van tocando, alimentando, contraponiendo en una suerte de "loop" que se va cerrando sobre sí mismo. Y si bien los temas que tratan podrían ser serios, sesudos y tremendamente angustiantes (aparece la política, el poder, los favores acomodaticios, el valor del dinero, el futuro?) devienen en comedia por el modo, el tono (siempre mesurado) y la parodia con que se reflejan. Esa espiral de realidades que se tocan y se chocan sin explicación racional va envolviendo al espectador y poniéndolo indefectiblemente de su lado. Andrea Garrote construyó un andamiaje dramatúrgico muy bien afilado que sostiene los pliegues temporales y espaciales que representan estos dos grupos. Y se apoyó para esto en el trabajo de un puñado de muy buenos actores que desandan con comodidad estas dos realidades. Hay algo mágico en lo que pasa, porque la obra empieza incómoda y termina definitivamente moldeada (uno a la obra, o la obra a uno, vaya uno a saber). De a poco y con cuidado, esta propuesta se enriquece, se abre, invita y envuelve, y genera una sensación (hasta física) de bienestar. Una sorpresa. Un placer..
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